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La batalla oculta de la sociedad desechable

por Malcolm Schulstad & Aliesha Aden

Hace poco asistí a una sesión de capacitación y no pude evitar notar a un técnico de mantenimiento que claramente estaba sobrepasado por su carga de trabajo. Para él, la idea de sumar otra tecnología IoT, por muy eficiente que fuera, se sentía como una carga más. Claro, reconocía que FitMachine podía detectar problemas antes que su configuración actual (una vez que aprendiera a interpretar los datos), pero aun así le parecía algo inútil.

Y no era el único. Varios otros técnicos comentaron lo mismo: estaban tan ocupados que, literalmente, atendían las llamadas de capacitación entre un trabajo y otro.

“Run-to-Failure” como estrategia corporativa

El verdadero punto de fricción resultó ser una política corporativa de mantenimiento que decía, sin rodeos: “No toquen estos activos”. Su directriz era dejarlos funcionar hasta que fallaran, momento en el que los activos de respaldo entrarían en operación.

No voy a fingir que conozco todos los cálculos financieros detrás de esa decisión. Posiblemente, en una planilla de Excel, sí se vea mejor. Pero, al hablar con estos técnicos, queda claro que ya están al límite… y la empresa incluso tiene un equipo de triaje para decidir qué problemas de mantenimiento atender primero.

Desperdicio y estrés

Dejar que el equipo falle irreparablemente antes de reemplazarlo puede funcionar sobre el papel, pero desde una mirada más amplia se siente increíblemente derrochador. Estamos en una época en que todos —incluidas las empresas— necesitamos ser más conscientes de cómo usamos nuestros recursos.

Además, el constante “apagar incendios” después de cada falla genera una presión extra sobre quienes están en terreno, que solo intentan mantener todo en funcionamiento.

Arreglar el problema de fondo

Sería fácil etiquetar a estos técnicos como reacios al cambio, pero en realidad están señalando una verdad más profunda: si tu política oficial es “run-to-failure” (dejar que falle), entonces implementar un nuevo sensor o tecnología no solucionará el problema de fondo. Todo lo que harás será descubrir que tus activos están fallando… sin realmente prevenirlo.

En lo financiero, tal vez el “run-to-failure” tenga sentido en algunos casos puntuales. Pero, a medida que los recursos se vuelven más limitados y buscamos formas más sostenibles de operar, aferrarse a una mentalidad desechable parece, en el largo plazo, una visión miope.

Alejándonos de la cultura de lo desechable

Adoptar algo como FitMachine —o cualquier otra tecnología— no se trata solo de instalar sensores; se trata de replantear la manera en que abordamos el mantenimiento y los ciclos de vida de los activos. Lo que hoy parece un ahorro puede convertirse mañana en un gasto oculto, tanto a nivel ambiental como operativo.

En definitiva, no se trata solo de nuevas herramientas. Se trata de cambiar políticas, prioridades corporativas y la forma en que vemos el equipamiento y los recursos. Si no abordas la causa de fondo, ninguna tecnología resolverá mágicamente el problema.

Creo que debemos alejarnos de una cultura de lo desechable y movernos hacia una de mejora continua. Eso implica repensar cómo gestionamos los activos, conservar los recursos siempre que sea posible y dar al personal en terreno el apoyo y el tiempo que necesitan para hacer bien su trabajo.

El cambio duradero requiere compromiso

Desde mi perspectiva, el verdadero desafío está en convencer a las organizaciones completas —no solo al equipo de mantenimiento— de alejarse de soluciones a corto plazo y enfocarse en estrategias sostenibles y de largo plazo. No puede tratarse únicamente del resultado financiero; también hay que considerar el bienestar de la fuerza laboral y el impacto ambiental.

Siendo honestos, es difícil ayudar a empresas que no están realmente listas para cambiar. Pero para aquellas dispuestas a mirar más de cerca y, tal vez, reescribir algunas políticas, los beneficios pueden ser enormes: un mantenimiento más eficiente, técnicos más satisfechos y menos recursos desperdiciados.

Me encantaría conocer otras experiencias. ¿Has visto en acción una política de “run-to-failure”? ¿Terminó costando más o ahorrando dinero? En un mundo donde todos estamos replanteando cómo hacemos las cosas, cada perspectiva suma.

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